Por Marco Antonio Santivañez Soria

Periodista

Tuve el privilegio de conocer a José «Pepe» Mujica en 2010, durante su visita a Bolivia como recién electo presidente de Uruguay. En un rincón del restaurante La Estancia en Cochabamba, alejado del protocolo, compartimos una comida y una conversación que marcó mi visión sobre la política y la vida.

Con su overgado gastado y su mirada lúcida, este hombre que pasó de guerrillero tupamaro a presidente revolucionario me enseñó más en una hora que muchos libros de teoría política.

Mujica irrumpió en la escena global como el «presidente más pobre del mundo», título que él rechazaba: «No soy pobre, soy sobrio. Vivir con lo justo es mi forma de ser libre», me dijo mientras reía.

Su chacra en Ruta 8, donde cultivaba flores con Lucía Topolansky, era símbolo de una coherencia radical: gobernó Uruguay sin abandonar su estilo de vida sencillo, donando el 90% de su sueldo a proyectos sociales.

En nuestra charla, criticó el consumismo feroz: «El problema no es la pobreza material, sino la pobreza espiritual de quien cree que la vida se reduce a acumular cosas».

Esta filosofía, plasmada en su célebre discurso ante la ONU (2013), cuestionaba el modelo económico global: «Hemos inventado una montaña de consumo que no nos hace felices, pero destruye el planeta».

Mujica representó una izquierda alejada de dogmatismos. «La revolución no es cambiar el pasado, sino construir futuro», me insistió.

Su gobierno legalizó el aborto, el matrimonio igualitario y la marihuana, no por moda progresista, sino por convicción libertaria: «El Estado no puede meterse en la vida íntima de la gente. Su rol es garantizar derechos, no imponer moralinas».

Su pragmatismo era revolucionario. Cuando le pregunté sobre el capitalismo, respondió: «No gastemos energía en maldecirlo. Usemos ese mismo sistema para redistribuir mejor». Bajo su mandato, Uruguay redujo la pobreza del 30% al 8% sin discursos antiempresariales.

En una era de políticos obsesionados con el poder, Mujica enseñó que el verdadero liderazgo se mide en renuncias.

Rechazó la reelección en 2015: «Los dirigentes somos como el ajo, buenos en dosis justas, pero insoportables cuando se acumulan».

Su frase «la vida se te escapa mientras haces planes para vivir» resume su visión: la política debe servir para vivir mejor hoy, no para prometer utopías lejanas.

Al despedirnos en Cochabamba, me dejó una idea que hoy resuena con fuerza: «La izquierda del futuro debe ser ecológica o no será. No hay justicia social en un planeta en llamas». Visionario, apoyó las energías renovables cuando pocos hablaban del tema.

La muerte de Mujica deja huérfana a una izquierda que necesita desesperadamente su sabiduría terrenal.

En tiempos de influencers políticos vacíos, él demostró que las ideas profundas pueden comunicarse con lenguaje simple. Mientras los populistas prometen espejismos, él gobernó con pies de barro y cabeza estelar.

Su legado no son leyes (aunque hizo muchas), sino una brújula moral para la política: El poder como servicio, no como privilegio, la coherencia como única propaganda válida, la felicidad colectiva como único desarrollo verdadero

Hoy, cuando el mundo arde entre crisis climáticas y desigualdades obscenas, sus palabras resuenan como profecías: «No somos dueños del planeta, somos sus hijos. Cuidarlo es cuidarnos».

Descansa en paz, viejo luchador. Tu ejemplo sigue enseñando que otro mundo es posible, pero sólo si tiene raíces en la humildad y flores de esperanza compartida.

¡Hasta la victoria siempre, Pepe!