Por Marco Antonio Santivañez Soria, periodista internacionalista
Las palabras de un presidente tienen peso. No son comentarios de café ni opiniones lanzadas al azar. Son mensajes que orientan a una nación y que, en momentos de crisis, pueden contribuir a la pacificación o empujar al país hacia escenarios de mayor confrontación.
Por eso resulta alarmante escuchar al presidente Rodrigo Paz convocar a los bolivianos a movilizarse junto a las Fuerzas Armadas y la Policía para enfrentar los bloqueos que atraviesa el país.
“Necesitamos que toda la sociedad boliviana, aquellos que quieren la Bolivia del futuro, se movilicen, se movilicen junto a nuestras Fuerzas Armadas, junto a nuestra Policía, se movilicen para desbloquear el país, se movilicen para defender la democracia, la institucionalidad, la constitución”, afirmó el mandatario.
La declaración no admite demasiadas interpretaciones. El presidente no habló únicamente de respaldar institucionalmente a las fuerzas del orden. Habló de movilizarse junto a ellas.
En una Bolivia marcada por profundas tensiones políticas y sociales, semejante convocatoria no puede ser considerada una simple frase desafortunada. Tampoco puede reducirse a un error de edición o a una equivocación técnica, como posteriormente intentó explicar el vocero presidencial.
Lo que millones de bolivianos escuchamos fue a un presidente convocando a un sector de la población a salir a las calles junto a instituciones armadas del Estado para enfrentar una situación de conflicto interno.
Eso tiene un nombre: CONFRONTACIÓN.
Y la preocupación aumenta cuando el propio mandatario profundiza la división entre ciudadanos.
“Hay dos visiones, la visión del futuro y la visión del pasado que hacía lo que les daba la gana. Tenemos que ganar a aquellos que queremos la visión del futuro. Por eso, a movilizarse, ayudar a las Fuerzas Armadas, ayudar a la Policía Nacional, ayudar a la acción humanitaria, acabar con los bloqueos”, añadió.
El problema no radica únicamente en el llamado a la movilización.
El problema está en la construcción de un discurso que divide a Bolivia entre quienes supuestamente representan el futuro y quiénes serían la expresión del pasado.
Un presidente no está llamado a clasificar a los bolivianos en categorías políticas enfrentadas. Su obligación es gobernar para todos.
La máxima autoridad del país, que llegó al Palacio Quemado con el respaldo de cerca del 55 % de los votos, a la que ahora considera minoría, no puede comportarse como si una parte de la ciudadanía hubiera dejado de ser boliviana por cuestionar su gestión o participar en protestas.
Sin embargo, las palabras pronunciadas por Rodrigo Paz transmiten una lógica diferente. Parecen construir dos bandos irreconciliables: quienes acompañan al Gobierno y quienes deben ser derrotados porque representan una visión equivocada del país.
La historia latinoamericana demuestra que ese tipo de discursos rara vez terminan bien.
Más desconcertante aún fue la explicación posterior del vocero presidencial José Luis Gálvez.
“Grabó un video para que tenga postproducción, no lo ha vuelto a revisar y los técnicos lo publicaron sin una previa revisión de los detalles, listo, y al darse cuenta que eso no estaba bien, lo bajaron”, señaló.
La declaración, lejos de aclarar la situación, terminó generando nuevas dudas.
Porque el problema no era la edición.
El problema era el contenido.
Las frases fueron pronunciadas por el presidente. No fueron generadas por inteligencia artificial, ni inventadas por técnicos, ni producto de una manipulación externa.
Salieron de la boca del mandatario.
Posteriormente, Gálvez intentó suavizar el mensaje.
“Es una acción no del Gobierno, no sólo de las fuerzas del orden, es algo que lleve el espíritu de todos los bolivianos que queremos respaldar a nuestras fuerzas del orden, que en el marco democrático y constitucional pleno puedan restablecer los derechos que nos están infringiendo algunos que son violentos y no entienden razón”.
Sin embargo, las explicaciones posteriores no logran borrar el impacto de las declaraciones iniciales.
Y aquí surge una pregunta inevitable.
¿Rodrigo Paz realmente tiene asesores?
Porque cuesta creer que alguien con responsabilidad política le haya recomendado utilizar expresiones que pueden interpretarse como una convocatoria a la movilización civil junto a las Fuerzas Armadas y la Policía en medio de un conflicto social.
Más aún cuando el país atraviesa una situación extremadamente delicada.
Durante su campaña y en sus primeros meses de gestión, el mandatario habló reiteradamente de 20 años de “Estado tranca” y de “Estado cloaca”.
Prometió eficiencia.
Prometió soluciones.
Prometió un nuevo rumbo.
Sin embargo, seis meses después, la realidad muestra un panorama muy distinto al prometido.
Hoy Bolivia vive bloqueos que paralizan regiones enteras, es decir, está trancada.
Miles de ciudadanos realizan largas filas para conseguir combustible.
La incertidumbre económica crece.
Las preocupaciones sobre el endeudamiento estatal aumentan.
Las polémicas vinculadas a los casos que sacudieron al país durante los últimos meses continúan generando interrogantes públicas.
Por eso resulta inevitable observar la contradicción.
Se habló durante años de un Estado tranca y hoy el país aparece nuevamente paralizado.
Se denunció un Estado cloaca y hoy el ambiente político está contaminado por escándalos, sospechas y una creciente desconfianza ciudadana.
No es el mal olor de la basura acumulada en algunas calles lo que preocupa a los bolivianos.
Es el mal olor de la gasolina basura.
Es la putrefacción de las cajas fuertes vinculadas a Sebastián Marset.
Es el perfume nauseabundo que dejaron las denuncias sobre las 32 maletas.
Es el hedor político de una deuda externa que sigue creciendo mientras el Gobierno busca financiamiento por todos los medios posibles.
Frente a semejante panorama, el país necesita liderazgo, soluciones y serenidad.
Lo que menos necesita es que desde la Presidencia se impulse una narrativa que enfrente a bolivianos contra bolivianos.
Porque ningún gobierno puede construir estabilidad alentando divisiones.
Y ningún presidente debería olvidar que quienes hoy protestan, quienes hoy apoyan y quienes hoy cuestionan, siguen siendo parte de la misma nación y fueron los que votaron por él y ahora piden su renuncia, no fue el 45% que supuestamente respalda a Rodrigo Paz.
Tristemente tenemos un presidente Paz que no genera paz.
