Desde Cobija, Jorge Justiniano revela las claves del proceso que sostuvo a la selección boliviana al borde de la clasificación, expone fallas estructurales y perfila el camino urgente hacia el recambio generacional.

La tarde cae espesa sobre Cobija y el fútbol, otra vez, se vuelve conversación inevitable. No hay consuelo fácil cuando una clasificación mundialista se escapa por centímetros, pero tampoco hay espacio para la resignación. Jorge Justiniano, ex vicepresidente de la Federación Boliviana de Fútbol, habla con la serenidad de quien ha vivido demasiadas eliminatorias como para dejarse arrastrar por la frustración inmediata. Su lectura no se detiene en el resultado final; apunta más abajo, donde se construyen —o se pierden— los procesos.

“Nos quedamos en la puerta, sí, pero no fue casualidad”, dice con tono firme. “Hay una base que antes no teníamos, y eso cambia todo”.

La selección boliviana volvió a coquetear con la historia, a instalar la ilusión de un cuarto Mundial en la memoria colectiva. No alcanzó, pero dejó señales. Justiniano insiste en que el mayor mérito no está en los puntos sumados, sino en la decisión de cambiar estructuras internas. “Villegas tuvo el coraje de dejar de depender de nombres que parecían intocables. Eso no es sencillo en ningún país, menos en el nuestro”, afirma.

Habla de un recambio que no se improvisa, que exige seguimiento, conocimiento del jugador desde etapas tempranas. “Aquí no se trató de improvisar juveniles porque no había otra opción. Villegas apostó por futbolistas que ya venían siendo observados, que tenían recorrido en procesos menores”. En ese grupo ubica nombres que hoy empiezan a instalarse con naturalidad en la selección: Ramiro Vaca, Miguel Terceros, Paniagua, entre otros. “Ellos no aparecieron de la nada. Son parte de un trabajo que, si se sostiene, puede dar resultados mucho más grandes”.

El diagnóstico no se queda en la superficie. Justiniano retrocede en el tiempo, como quien busca patrones en la historia para entender el presente. Recuerda la eliminatoria rumbo a Italia 90, tantas veces contada de manera incompleta. “Ese proceso dejó jugadores que, años más tarde, clasificaron al Mundial del 94. La experiencia acumulada fue determinante”.

Esa comparación no es casual. En su mirada, la actual generación puede estar transitando un camino similar. “Hoy estos chicos con Villegas ya saben lo que es competir en una eliminatoria, ya sienten la presión. En la próxima van a llegar con otra cabeza. Eso pesa mucho”.

Pero el optimismo se corta cuando la conversación desciende al terreno de la formación. Allí, el tono cambia. “Tenemos un problema estructural serio. Se habla mucho de escuelas de fútbol, de academias, pero el jugador necesita competir. Sin competencia, no hay desarrollo real”.

La crítica es directa y apunta a las asociaciones departamentales. “No hay torneos sostenidos en divisiones menores. Se organizan campeonatos cortos, de semanas, y eso no alcanza. El futbolista necesita ritmo, continuidad, exigencia permanente”. La ausencia de competencia no solo afecta lo deportivo; también tiene consecuencias económicas. “Se pierden derechos de formación porque los jugadores no están correctamente registrados ni compiten el tiempo necesario. Eso es plata que se va”.

En ese punto, Justiniano introduce un contraste que considera clave. “Hay regiones que entendieron esto mejor. Tarija, por ejemplo, ha trabajado con planificación. Han articulado esfuerzos con gobiernos municipales, han invertido en capacitación de formadores y, sobre todo, han garantizado competencia”. No lo dice como elogio vacío, sino como evidencia de que el modelo puede replicarse.

Las historias personales aparecen como prueba de lo que implica formar un futbolista en Bolivia. “El caso de Ramiro Vaca es claro. Hubo una inversión familiar, un seguimiento constante, un esfuerzo que no dependió solo de las estructuras oficiales”. Recuerda viajes, torneos, gastos asumidos para sostener un proceso que hoy da frutos. “Ese tipo de compromiso no debería ser la excepción. Tendría que ser la norma, respaldada por instituciones”.

Cuando la conversación gira hacia Pando, el relato se vuelve más áspero. Justiniano no esconde su decepción. “Se perdió una oportunidad enorme. Hubo un momento en que el departamento estaba compitiendo a nivel nacional, llegando a instancias decisivas en torneos juveniles”. Habla desde la experiencia directa, desde años de gestión en los que —según cuenta— el objetivo era posicionar a la región en el mapa futbolístico.

“Logramos ser campeones nacionales en 2006 en divisiones menores. Eso no fue casualidad. Hubo planificación, trabajo serio, inversión en infraestructura”. Ese logro, afirma, desencadenó compromisos mayores, como la construcción del estadio departamental. “Se generó un impulso que pudo haber cambiado la historia del fútbol pandino”.

La infraestructura, en su relato, aparece como símbolo de lo que se hizo bien y de lo que se dejó caer. Menciona la cancha de pasto sintético financiada por FIFA, un proyecto que demandó gestiones complejas, visitas técnicas internacionales y acuerdos institucionales. “Era una cancha de nivel internacional, certificada. Se pensó para el desarrollo del fútbol juvenil”.

La imagen actual, sin embargo, es otra. “No hay mantenimiento, no hay cuidado. Se deterioró algo que costó muchísimo conseguir”. La frustración se filtra en cada palabra. “No se trata solo de perder una cancha. Se pierde la posibilidad de formar jugadores en condiciones adecuadas”.

Las críticas también alcanzan a la dirigencia. Justiniano cuestiona la falta de compromiso y de planificación. “Hoy las asociaciones reciben recursos importantes por derechos de televisación. Son montos que, bien utilizados, podrían transformar el fútbol en regiones pequeñas”. Pero, según su evaluación, eso no está ocurriendo. “No hay proyectos, no hay visión. Se administra el día a día sin pensar en el futuro”.

A pesar de ese panorama, no se ubica al margen del fútbol. “Sigo vinculado, asesorando, conversando con dirigentes. La experiencia no se pierde”. Habla de congresos internacionales, de aprendizajes acumulados en espacios de decisión. “El fútbol tiene dinámicas que hay que entender. No basta con la voluntad”.

El eje, sin embargo, vuelve siempre a la selección. A ese equipo que estuvo tan cerca de romper una sequía larga. “Lo que viene ahora es más difícil. Sostener un proceso exige coherencia, planificación y respaldo institucional”. Insiste en que la base está, pero que no alcanza con eso. “Hay que darle continuidad, generar competencia para esos jugadores, acompañar su crecimiento”.

La idea de “jugar de igual a igual” aparece como horizonte posible, no como consigna vacía. “Para competir con las grandes selecciones sudamericanas no basta con talento. Se necesita estructura, trabajo desde abajo, procesos largos”. La frase no suena a discurso repetido; se apoya en ejemplos concretos, en años de observar cómo otros países construyen sus selecciones.

En Cobija, lejos de los grandes centros del fútbol, la conversación adquiere otro peso. No hay estridencias ni promesas grandilocuentes. Hay, en cambio, una mirada que combina experiencia y advertencia. “Si no corregimos lo que está mal en la base, vamos a seguir dependiendo de momentos aislados”.

La selección boliviana, esa que volvió a ilusionar, aparece entonces como un punto de partida, no como un punto de llegada. Justiniano lo resume sin rodeos: “Estuvimos cerca, sí. Pero la verdadera pregunta es qué hacemos con eso”.

Esta entrevista exclusiva la puedes ver en las redes sociales de El Progreso de Pando, mediante el programa MARCO SIN FILTRO.