En un mensaje presidencial, en su cuenta X, por Acción de Gracias, Trump responsabiliza a los migrantes del deterioro de Estados Unidos y promete medidas extremas para expulsarlos y quitarles derechos fundamentales.

Donald Trump, mediante su cuenta X, volvió a utilizar una fecha de unión nacional para promover su visión más radical: un Estados Unidos que expulse a quienes no nacieron en su territorio. Durante su mensaje por el Día de Acción de Gracias, el presidente lanzó duras acusaciones contra los 53 millones de migrantes que residen en el país y los convirtió en responsables de los conflictos económicos, sociales y políticos que enfrenta la nación. Lejos de un saludo conciliador, eligió un tono cargado de rechazo y estigmatización, apuntando directamente a quienes trabajan, estudian y forman comunidad en el país que eligieron como hogar.

El mandatario sostuvo que la inmigración ha provocado la descomposición del tejido social estadounidense y aseguró, sin mostrar pruebas, que la mayoría de los extranjeros viven de la asistencia estatal, provienen de entornos delictivos o de países donde reina el fracaso. En su mensaje, reiteró que han sido los ciudadanos “patriotas” quienes han financiado con sus impuestos esos beneficios y que, por temor o respeto, han preferido soportar lo que llamó un “descuartizamiento” del país frente al avance migratorio.

Trump afirmó que la llegada de extranjeros ha sido la causa central de problemas estructurales: desde la saturación de hospitales y escuelas hasta la criminalidad urbana, el déficit fiscal y la pérdida de empleos para estadounidenses. Mencionó a Minnesota como ejemplo de un estado supuestamente transformado en un escenario de inseguridad por la presencia de refugiados somalíes, utilizando imágenes alarmistas sobre pandillas y barrios tomados, sin respaldo comprobable.

Los ataques se ampliaron a autoridades y representantes de origen migrante. Trump insultó al gobernador Tim Walz y lanzó acusaciones personales contra la congresista Ilhan Omar, refiriéndose a su vestimenta, cuestionando su estatus legal y asegurando que vive “odiando” al país. El lenguaje utilizado tuvo un claro propósito político: asociar inmigración con traición, delincuencia y amenaza interna.

El discurso no solo criminaliza; también anticipa decisiones de enorme impacto en los derechos humanos. Trump prometió suspender por completo la llegada de migrantes desde lo que definió como “el tercer mundo”, un término que refuerza jerarquías culturales y raciales. Dijo que expulsará a quienes “no puedan amar” a Estados Unidos o que no representen un “activo neto” para la economía. En esa lógica, el valor de una vida humana quedaría subordinado a un cálculo económico impuesto desde el poder.

Además, anunció que retirará beneficios federales a toda persona no ciudadana, aunque contribuya con impuestos, y que buscará desnaturalizar a quienes considere que “socavan la tranquilidad nacional”. Al vincular el estatus migratorio con la lealtad ideológica, el presidente expande la noción de sospecha a millones de familias que han demostrado compromiso con el país. Trump sostuvo que lo que llama “migración inversa” es la única forma de recuperar la nación, un concepto que representa una política de expulsión masiva basada en prejuicios.

La intervención presidencial ignoró datos fundamentales sobre la contribución migrante. Sectores como la agricultura, la construcción, la salud y la innovación tecnológica dependen de trabajadores inmigrantes. Economistas señalan que la fuerza laboral extranjera sostiene la competitividad del país y aporta miles de millones de dólares en impuestos que mantienen programas públicos que también benefician a ciudadanos. Sin embargo, la narrativa de Trump reemplaza la evidencia con acusaciones que refuerzan el miedo.

El mensaje del Día de Acción de Gracias se convirtió así en una plataforma para dividir a la población. Lo que debía ser un llamado a la unidad terminó siendo un ataque directo contra millones de personas que ya enfrentan discriminación y vulnerabilidad. Trump dio por hecho que para recuperar la grandeza de Estados Unidos es necesario excluir a quienes considera indeseables. Y lo dijo con plena convicción, usando la festividad más emblemática de la convivencia nacional.

Más allá del cálculo electoral, el discurso expresa una visión de país que redefine quién merece pertenencia. Trump no solo responsabiliza a los migrantes de todos los males, sino que anuncia un futuro en el que ellos tendrán menos derechos y menos posibilidades de permanecer. La amenaza fue abierta: quienes, desde su perspectiva, “odian, roban, asesinan y destruyen” lo que representa Estados Unidos, “no estarán aquí por mucho tiempo”.