Flamengo ratificó su dominio continental en Lima al vencer a Palmeiras con un sólido 1-0. Danilo fue el héroe y la defensa sostuvo el sueño de una nueva Libertadores.
Flamengo volvió a celebrar en la cima del continente. En un Estadio Monumental de Lima repleto y vibrando con el calor del fútbol brasileño, el Mengao logró su cuarta Copa Libertadores de América al derrotar por 1-0 a Palmeiras en una final que dejó más marcas en el césped que espacios para el lucimiento. El cabezazo de Danilo en el minuto 67 ya alimenta la leyenda rojinegra en el torneo más prestigioso del continente.
Esta final tuvo desde el arranque el perfume inconfundible de los grandes partidos. Palmeiras y Flamengo se lanzaron a la búsqueda del control del territorio rival, sin dudar en recurrir a la pierna fuerte ni en presionar cada salida. El duelo táctico y físico se hizo evidente desde temprano y la primera tarjeta amarilla no tardó. Raphael Veiga fue amonestado a los 12 minutos y quedó comprometido para el resto del encuentro, un detalle no menor para el principal generador de juego paulista.
Aunque Palmeiras pretendía mandar, Flamengo fue quien comenzó a transformar el dominio territorial en aproximaciones de riesgo. Bruno Henrique tuvo la primera gran chance a los 15 minutos, con un disparo por encima del arco que obligó al público a pararse de sus asientos. Un minuto después, Samuel Lino probó de derecha, buscando el segundo palo, pero nuevamente el remate salió desviado. Las alarmas ya sonaban en el área de Carlos Miguel.
Palmeiras respondió a los 20 minutos. Veiga lanzó un centro perfecto y Vitor Roque se elevó con potencia para conectar de cabeza, aunque la pelota terminó sobre el techo del arco de Agustín Rossi. El partido seguía abierto. Los detalles pesaban. La presión aumentaba.
Lo que vino después fue una secuencia de fricciones, choques y advertencias. De Arrascaeta, referencia creativa de Flamengo, vio la amarilla por una falta en campo rival. Minutos más tarde, un cruce tenso entre Pulgar y Bruno Fuchs provocó tumultos y reclamos. El árbitro Darío Herrera mantuvo su decisión de solo amonestar al chileno, aunque la infracción dejaba en evidencia que el partido ya no solo se jugaba con técnica.
El primer tiempo se esfumó sin goles en el marcador, pero con un sentimiento claro: Flamengo había sido más claro en ataque, Palmeiras más combativo en duelos individuales. Un equilibrio tirante que prometía una resolución dramática.
La etapa complementaria encontró a Flamengo recuperando su mejor versión. Más agresivo en la recuperación, más vertical en los avances y con un mediocampo que volvió a organizarse alrededor de Pulgar y De Arrascaeta. Palmeiras, en cambio, retrocedió unos metros y quedó expuesto a la presión alta del cuadro carioca, que empezaba a oler el gol.
El gran momento llegó al minuto 67, con la receta más antigua y efectiva del fútbol: la pelota parada. De Arrascaeta ejecutó un tiro de esquina con precisión quirúrgica y Danilo apareció en el cielo de Lima para fusilar de cabeza. El balón besó la red y la alegría estalló en miles de gargantas rojinegras. Un grito que marcó la historia.
Abel Ferreira reformuló piezas y mandó a su equipo al ataque, con más ganas que claridad. Palmeiras empujó, pero careció de lucidez en los metros finales. Vitor Roque tuvo la oportunidad del empate, la más nítida del partido para los paulistas, pero su remate desde el área chica se fue elevado. La muralla conducida por Rossi resistía sin fisuras.
Flamengo, con la ventaja en el marcador, gestionó la recta final con serenidad. Filipe Luís ordenó bajar revoluciones y manejar posesiones largas. Cada recuperación era celebrada como un gol, cada despeje acercaba el trofeo un poco más.
