La deuda no solo afecta bolsillos: también enferma. Bajo el ajuste económico, miles de familias enfrentan una carga emocional asfixiante producto de préstamos impagables, ansiedad financiera y desesperanza sostenida.
Con datos de Página12.com.ar
Algunos días, Mariana no puede dormir. Aun cuando logra cerrar los ojos, su mente no descansa: repasa cada deuda, calcula intereses, piensa cómo hará para pagar el alquiler, qué comida podrá llevar a la mesa, si la tarjeta de crédito se lo permitirá una vez más. Tiene 42 años, vive en Merlo, cuida a su madre enferma y trabaja limpiando casas por horas. “Lo que me mata no es solo el dinero que falta, es el miedo constante, la culpa, la presión. Es vivir en estado de alerta todo el tiempo”, confiesa.
En la Argentina de 2025, la deuda ya no es solo una cuestión económica. Es un fenómeno emocional, una vivencia corporal, un estrés colectivo que impacta en la salud mental y en los vínculos. En un país donde el ingreso real ha sido licuado por el ajuste y los precios esenciales escapan de cualquier control, el endeudamiento no es una elección: es una imposición que enferma.
LA DEUDA COMO NUEVA NORMALIDAD EMOCIONAL
Psicólogos, trabajadores sociales y especialistas en salud comunitaria han comenzado a detectar un patrón que se repite de manera alarmante: ansiedad financiera, angustia persistente, insomnio, desgano, crisis de pánico y pérdida del sentido de futuro. A este cuadro lo acompañan síntomas como presión en el pecho, palpitaciones, irritabilidad o disociación. Todo esto es resultado de un factor que, hasta hace unos años, no estaba en el radar clínico con tanta intensidad: el endeudamiento estructural.
“El estrés económico sostenido ha dejado de ser un problema individual. Se ha vuelto una dimensión colectiva de sufrimiento”, advierte la psicóloga social Florencia Laise, integrante del Observatorio de Salud Mental y Economía Popular (OSMEP). “Muchas personas no pueden proyectar nada. Todo gira en torno a pagar, deber, evitar cortes, sobrevivir al mes. Es un colapso emocional extendido”.
El fenómeno ha sido definido por algunos expertos como síndrome del deudor crónico: una condición emocional caracterizada por angustia sostenida, sensación de ahogo, hipervigilancia y pensamientos recurrentes relacionados con las deudas. Aunque no figura todavía en los manuales clínicos, su impacto es palpable en las salas de espera de los centros de atención primaria y hospitales públicos.
CUANDO DEBER DINERO ROMPE LOS VÍNCULOS
La deuda también erosiona los vínculos familiares. Discusiones por el uso de la tarjeta, culpas cruzadas por préstamos impagos, recriminaciones entre hermanos que se prestaron dinero que ahora no pueden devolver. En muchos casos, los lazos afectivos se tensan hasta quebrarse.
Marcelo, 50 años, vendedor ambulante, explica cómo su situación económica terminó destruyendo su matrimonio. “Mi esposa se cansó de vivir así, de vernos pelear cada mes por las cuentas. Ella quería vender el auto para pagar el banco, yo me negaba. Me fui de casa con una mochila y más de 800 mil pesos de deuda. La deuda no solo me dejó en la calle, también me sacó mi familia”.
Según un estudio reciente de la Universidad Nacional de General Sarmiento, el 62% de las separaciones ocurridas en los últimos dos años en hogares de clase media y baja estuvieron directamente vinculadas a conflictos económicos por deudas. La imposibilidad de sostener el hogar genera tensión, frustración, violencia verbal e incluso violencia física.
MENORES EN HOGARES ENDEUDADOS: INFANCIAS MARCADAS
Los niños y adolescentes también sufren las consecuencias del endeudamiento familiar. La pobreza económica se traduce en pobreza emocional. Chicos que no entienden por qué no pueden ir a una excursión escolar, por qué se quedan sin internet en casa o por qué sus padres no pueden comprarles un regalo de cumpleaños. En muchos casos, esos menores terminan asumiendo responsabilidades que no les corresponden: cuidan hermanos, acompañan a cobrar deudas, buscan changas para aportar dinero al hogar.
Natalia, docente en una escuela de zona oeste, relata con preocupación: “Veo chicos de 9 o 10 años que saben lo que es una tasa de interés, que conocen la diferencia entre una tarjeta Visa y una Mastercard. Es porque escuchan todo el día a sus padres hablar de deudas, de bancos, de cortes. La infancia quedó atravesada por el lenguaje financiero de la crisis”.
Algunos niños manifiestan síntomas de estrés: se orinan de noche, se aíslan, bajan el rendimiento escolar. Otros desarrollan comportamientos compulsivos, como robar comida en los comedores o llevar objetos de valor de la casa para venderlos. La deuda ya no es solo un problema del adulto responsable: impacta en toda la estructura familiar.
SALUD MENTAL COLAPSADA: DEMANDA Y ABANDONO
Mientras los casos aumentan, los dispositivos públicos de salud mental colapsan. Las guardias de hospitales generales reciben consultas vinculadas al estrés financiero con cada vez más frecuencia. Pero no hay turnos, no hay profesionales suficientes, y muchos centros cerraron programas de atención gratuita.
La doctora Eugenia Colombo, psiquiatra del Hospital Álvarez, denuncia: “Estamos atendiendo con menos recursos que hace cinco años. La demanda aumentó un 120%, pero el presupuesto real cayó. Muchos pacientes llegan con ataques de pánico, depresiones severas, ideas suicidas, y no podemos garantizar continuidad de tratamiento”.
La situación se agrava en provincias del norte y el sur del país, donde la presencia estatal es más débil. En algunas zonas rurales, los centros de salud han debido improvisar redes de contención con voluntarios o asistentes sociales. Pero eso no alcanza. Y mientras tanto, la angustia sigue creciendo.
TRABAJADORES CON DEUDA: LA NUEVA ESCLAVITUD MODERNA
Quienes aún conservan empleo formal tampoco escapan del problema. La gran mayoría debe parte de su sueldo antes de cobrarlo. Las empresas descuentan embargos, adelantos, préstamos solicitados a bancos o financieras. En muchos casos, los trabajadores piden un crédito para pagar una deuda anterior y caen en una rueda que no para.
Héctor, empleado de una cadena de supermercados, cuenta: “Casi todos los que estamos en mi sector tenemos deudas con el banco, con la mutual, con la tarjeta. Muchos ya ni hacemos las compras acá. Comemos lo que queda en liquidación. Estamos agotados física y mentalmente”.
Este fenómeno ha llevado a algunos sindicatos a impulsar campañas de prevención del endeudamiento y asistencia jurídica gratuita. Pero la mayoría de las personas no denuncia por miedo a perder su trabajo o ser estigmatizadas. El endeudado es visto, muchas veces, como alguien “que se administró mal”, cuando en realidad se trata de una estrategia desesperada frente a un sistema económico que lo empuja al abismo.
LA DEUDA COMO MECANISMO DE CONTROL SOCIAL
En su dimensión más profunda, el endeudamiento masivo actúa como un mecanismo de control social. Personas cansadas, endeudadas, asfixiadas, con múltiples trabajos y sin horizonte, tienen menos tiempo y energía para reclamar o participar. En lugar de ciudadanía activa, la deuda genera sujetos ocupados en sobrevivir. En lugar de protesta, resignación. En lugar de política, agotamiento.
El sociólogo Guillermo Abal Medina sostiene: “Un pueblo endeudado es un pueblo dócil. Esa es la lógica oculta detrás de muchas políticas de ajuste. Cuando estás preocupado por no perder tu casa o por no comer, no vas a una asamblea, no votás con esperanza. Votás con miedo”.
El gobierno de Javier Milei ha profundizado esta lógica. Eliminar subsidios, liberalizar precios, reducir gasto público, y a la vez promover créditos personales para cubrir la diferencia entre ingreso y consumo básico, ha llevado a una sociedad donde cada ciudadano es, ante todo, un deudor.
¿HAY SALIDA DE ESTA TRAMPA EMOCIONAL Y ECONÓMICA?
Romper el círculo del endeudamiento no es fácil. Requiere políticas públicas sostenidas: aumento de ingresos reales, créditos a tasa cero para familias vulnerables, condonación de intereses, educación financiera con enfoque de derechos, y sobre todo, un sistema de salud mental robusto.
Pero también requiere algo más profundo: una transformación cultural. Volver a construir comunidad, redes de apoyo, solidaridad frente al modelo individualista del “sálvese quien pueda”. Recuperar la esperanza como acto político. Y asumir que nadie debería vivir para pagar deudas.
Mariana, la mujer que no puede dormir, encontró una salida parcial: se organizó con otras trabajadoras de su barrio, formaron una red de trueque y se ayudan mutuamente con alimentos y cuidado de niños. “No nos alcanza, pero al menos ya no estamos solas. Saber que no soy la única me alivia un poco”, dice.
Quizás esa sea la clave: convertir el dolor compartido en organización. Y la deuda, en una bandera de lucha.
