En Bolivia, cada sufragio no válido no desaparece sin consecuencias: la ley lo excluye del cálculo y, sin quererlo, ayuda a que el ganador logre más poder legislativo.
Por Marco Antonio Santivañez Soria
Periodista
RED DE PERIÓDICOS AMAZÓNICOS
En cada proceso electoral, muchos ciudadanos consideran que marcar nulo o dejar en blanco la papeleta es una forma legítima de protesta. Un gesto silencioso, pero cargado de significado político. Sin embargo, en Bolivia, ese acto simbólico tiene un efecto matemático muy concreto: beneficia directamente al candidato que encabeza la votación.
La Ley del Régimen Electoral (Ley 026) es clara en sus artículos 165 y 166: para calcular resultados y repartir escaños en la Asamblea Legislativa Plurinacional solo se toman en cuenta los votos válidos. Es decir, aquellos emitidos a favor de partidos o alianzas habilitadas. Los votos nulos y blancos, aunque se registran, quedan fuera de la ecuación.
Esto genera un fenómeno poco comprendido por el electorado. Cuando los votos nulos y blancos se excluyen del total, la base de cálculo se reduce y el porcentaje del primero en la contienda sube automáticamente.
Un ejemplo lo ilustra con claridad. Imagine una elección presidencial con un millón de votos emitidos, de los cuales 200.000 son nulos o blancos. Eso deja 800.000 votos válidos. Si el candidato más votado obtiene 450.000, su porcentaje no será del 45% sobre el total emitido, sino del 56,25% sobre los válidos.
Ese incremento no es un simple número: en la segunda etapa del conteo, cuando se distribuyen los 130 diputados y 36 senadores mediante el sistema D’Hondt, el porcentaje sobre votos válidos define cuántos escaños logra cada partido. Cuantos más votos válidos concentra el puntero, más curules asegura, tanto en las circunscripciones plurinominales como en los escaños departamentales de senadores.
El vocal del Tribunal Supremo Electoral, Tahuichi Quispe, lo explicó con un ejemplo aún más reducido: en un universo de 10 votos, si 4 son nulos o blancos, y de los 6 válidos un candidato obtiene 3, su porcentaje pasa del 30% al 50% solo por el descarte de los no válidos.
“Al final, los votos nulos terminaron ponderando a los votos válidos, y eso favorece a quien tiene más apoyo”, señaló Quispe en entrevista con DTV.
A pesar de esta mecánica, sectores políticos han promovido el voto nulo o blanco como un supuesto mecanismo de rechazo. Evo Morales, por ejemplo, ha impulsado esta postura, argumentando que un alto porcentaje sería equivalente a un “revocatorio” simbólico.
Pero desde el oficialismo y la oposición también han surgido advertencias. El presidente Luis Arce y otros candidatos presidenciales coinciden en que el voto nulo, lejos de debilitar al ganador, le facilita la obtención de mayorías legislativas.
Analistas electorales recalcan que este efecto se ha repetido elección tras elección: cuando crecen los votos no válidos, la fuerza política con mayor respaldo inicial consolida más escaños y reduce las posibilidades de que la Asamblea Legislativa tenga un contrapeso sólido.

